Hermanos/as, el texto del evangelio correspondiente a este domingo nos trae un mensaje centrado en la liberación de nuestras cargas. Mateo, nos introduce con una oración de acción de gracias que Jesús eleva al Padre; es una oración muy sentida por su Hijo, es el Reino de Dios proclamado al pueblo sencillo, pobre, marginado y sufrido. Es la voluntad de Dios que el Reino sea para los olvidados de la historia; por esta razón, expresa con energía: “Gracias, Padre, porque así te ha parecido bien”.[1] No hay duda, que el anuncio de la Buena Noticia es destinado, en su objeto de ser, a los sencillos. Es esta su oración mesiánica más agradable, pues el Reino de Dios ya está presente en su pueblo, en los anawin, pobres de Yahvé.
El corazón de este texto del
evangelio, a mi juicio, está en los versículos 28 al 30; aquí encontramos la
invitación de Jesús a sus discípulos y, todos sus interlocutores, a depositar sus
cargas solo en Él. Pero, de qué cargas habla, de qué cansancios y de qué
agobios; y, sigue complicando más la frase, promete dar alivio, pero pareciera
que impone otra carga: “Carguen con mi yugo y aprendan de mí, que soy manso
y humilde de corazón, y encontrarán descanso para su vida”.[2] Nos
impone la carga de la liberación, la que solo produce el Reino de Dios cuando
abrimos nuestro corazón a su misterio de amor, al enigma de la fraternidad y
vida comunitaria plena en Él; esta es la hora de la oblatividad de Jesús para con todos
aquellos que quieran apuntarse a hacer efectiva la voluntad de Dios en sus
vidas. Aprender de Jesús será entonces, el camino discipular que hoy tenemos
que emprender con radicalidad, abandonando toda pesadez que hoy llevamos como
personas, como comunidad y como sociedad humana, ¡tantas cargas y fatigas hoy
nos impelan en esta oscura realidad!
Tomar el yugo de Jesús, es comprometerse
con su causa, con el Reino de amor que proclama en y para los prójimos. Aquí está el
secreto de su yugo llevadero, en que seamos mansos -honestos con capacidad de
diálogo, sin cargas negativas que nos consuman- y humildes a la manera de
Jesús, tolerantes ante la agresividad del odio del mundo y de tanta gente que
no conoce a Dios.[3]
En este Reino del que Jesús habla, no hay lugar para la exclusión, no existen
diferencias; no hay ley humana que pueda abolir el amor, la fraternidad, la solidaridad,
la aceptación y el cuido de los demás como parte inherente de nuestro
seguimiento de Jesús. ¡Vivamos lo que creemos y predicamos! De este modo entonces,
iniciaremos a llevar el yugo de la liberación que solo Jesús de Nazaret nos
ofrece.
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